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martes, noviembre 10, 2009

TEATRO. Chouf Ouchouf. "Celebración de los cuerpos".


De Zimmermann & de Perrot.
Groupe Acrobatique de Tánger.
Coreografía: Martín Zimmermann. Música: Dimitri de Perrot.
XXVI Festival de Otoño. Teatro Circo Price. Madrid, 6 de noviembre de 2009.



Desde la época de las vanguardias dramaturgos y artistas plásticos han experimentado una extraña seducción por el lenguaje, el colorido y la plasticidad del espectáculo del circo. Para Artaud el dominio del teatro no era psicológico sino plástico y físico, y Brecht, en su cruzada contra el teatro burgués, recurrió con frecuencia a la tradición popular y en particular al humor franco y desenfadado de lenguaje circense; a Chagall debió de fascinarle el vértigo del vuelo de los trapecistas y Picasso mismo con la tonalidad lánguida de los lienzos de su época azul retrata a una modesta familia de acróbatas de estilizados perfiles y ensimismada tristeza. Pues bien, tras presenciar desde la primera fila de pista este espléndido espectáculo que comentamos, uno no puede por menos de comprender la atracción que por el circo experimentaron esos creadores y sentir esa misma e irreprimible seducción.

Las evoluciones de los miembros del “Groupe Acrobatique de Tánger” sobre la pista del Price se convierten en una celebración del cuerpo en movimiento, en un alarde de resistencia física, de elasticidad, de coordinación y de riesgo. Pero el montaje no se agota en la mera exhibición de destrezas y habilidades motrices -y vaya si son diestros todos los integrantes de esta truope marroquí-, sino que desarrolla una particular poética del espacio escénico. Música, volumen y movimiento se fusionan en un todo unitario para alumbrar un abigarrado universo de imágenes de extraordinaria y rara belleza plástica donde no falta ni el más difícil todavía del puro número circense que hace que se te corte la respiración, ni el humor de corte escatológico de los relatos de las mil y una noches, ni el intenso aroma oriental de su escueta pero cuidada ambientación: el bullir del zoco con su colorido y su algarabía, con los tenderetes de vendedores ambulantes, con sus músicos callejeros y con sus encantadores de serpientes...; un tipismo y una idiosincrasia que se ofrece a la mirada del espectador no como una simple muestra de rareza o exotismo, sino bajo la forma de una urgente llamada de atención, como una invitación a la reflexionar sobre nuestras relaciones con el otro, con el diferente, revestido aquí bajo el ropaje del inmigrante.

Tras el asombro y la admiración por la belleza del montaje, por la originalísima concepción del espacio y por el trabajo riguroso de los actores-gimnastas; tras la carcajada inducida por la comicidad de muchas situaciones, queda, sin embargo, en el espectador una sensación agridulce, y es que junto a la risa y la alegría que destila el espectáculo, junto a esa celebración del cuerpo, no puede ocultarse un punto de decepción y amargura ante la herida abierta de la incomprensión o de la indiferencia hacia el emigrante sugerida en múltiples imágenes, como las de la cola de “sin papeles” o la del inhumano hacinamiento de estos nuevos argonautas confinados en inverosímiles y reducidos habitáculos que son metáfora viva de la marginación.

Bienvenido sea, en cualquier caso, esta última -por cierto- edición del Festival de Otoño que nos permite disfrutar de espectáculos diferentes que ensanchan los horizontes del teatro.

Gordon Craig.


Chouf Ouchouf. Festival de Otoño.
Zimmerman & de Perrot.
Teatro Circo Price.

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lunes, noviembre 02, 2009

TEATRO. "¿Estás ahi?". Pintoresco vodevil.

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De Javier Daulte.
Con: Paco León y Mari Paz Sayago.
Dirección: Javier Daulte.
Madrid, Teatro Lara 28 de octubre de 2009.




En este espectáculo Javier Dualte “echa -como suele decirse-, por la calle de en medio” optando decididamente por un guión de corte vodevilesco hecho a medida de su protagonista, Paco León y de su innegable vis cómica, sin arredrarse lo más mínimo ante una trama disparatada y exageradamente inverosímil. De hecho, el trasfondo temático de la obra (las conflictivas relaciones de Ana y Fran, una de tantas parejas de esta sociedad nuestra desquiciada e histérica cuyos vínculos afectivos sucumben al hedonismo rampante y a la falta de compromiso), queda completamente en un segundo plano, convertido en un mero telón de fondo sobre el que se proyecta el verdadero -y pintoresco- conflicto: cómo se las ingenian los protagonistas para convivir con el nuevo ser que se ha cruzado en su camino y que vendrá a ser el causante de todas sus desdichas.

Dejando aparte el espectro del padre de Hamlet, o el no menos conocido fantasma del Comendador de Don Juan Tenorio, que ahora se celebra ad nauseam por todos los rincones de nuestra comunidad, uno no puede por menos que recordar egregios antecedentes de este personaje invisible en el universo cinematográfico, como el simpático Cásper u otros a quienes han puesto cara, por ejemplo, Brad Pitt (el aniñado e implacable Joe de ¿conoces a Joe Black?) o el recientemente desaparecido Patrick Swayze (el enternecedor Sam de la inolvidable Ghost). La novedad que representa Claudio, que así es como se llama esta especie de ectoplasma que trae de cabeza a nuestra pareja es que no puede ser visto sino a través de la mirada estrábica de Fran y sólo ocasionalmente, y tras denodados esfuerzos, muecas y visages, que se convierten en una fuente recurrente y un tanto infantiloide de comicidad.

No creo, como me ha parecido leer en algún lugar, que el estar hablando en escena sus buenos veinte o veinticinco minutos con un personaje invisible constituya por si sólo un mérito destacable, aunque no puede negarse que alguna dificultad encierra, dificultad de la que sale airoso un Paco León lleno de energía y de recursos. Pero más allá de esa extravagancia, la obra de Javier Dualte no tiene mucho que contarnos, y uno comprueba con una cierta decepción que la acción, que se dilata artificialmente en naderías y tópicos, se estanca pasados los primeros diez minutos y no recupera el pulso hasta la entrada en escena de Ana (Mari Paz Sayago), cuya historia, por cierto, no es menos inverosímil y rocambolesca.

Desde luego, no hay en esta obra nada del cuidado exquisito con el que se urdían las anécdotas mínimas de la historia familiar en Nunca estuviste tan adorable, de la que aún guardamos un grato recuerdo. Ni esa mirada entre cándida y nostálgica al tiempo pasado, ni la recreación minuciosa de su entrañable paisaje emocional. El espectáculo, empero, se sostiene gracias al ímprobo trabajo de los protagonistas que se dejan la piel sobre el escenario y que nos regalan algunas escenas realmente hilarantes que, todo hay que decirlo, el público asistente celebró alborozado.

Gordon Craig.

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miércoles, octubre 21, 2009

TEATRO. La omisión de la familia Coleman. "El grado cero de la ficción".

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De Claudio Tolcachir. Con: Araceli Dvoskin, Miram Odorico, Inda Lavalle, Tamara Kiper, Lautaro Perotti, Diego Faturos, Gonzalo Ruiz y Jorge Castaño. Dirección: Claudio Tolcachir. Teatro Español. Madrid. 20 de octubre de 2009.



Se inscribe este espectáculo en la corriente del teatro comunitario de resistencia que tantos grupos de teatro independiente, en garajes, almacenes o casas particulares, pusieron en práctica en los años siguientes al colapso económico y social de 2001, tiempos duros en los que se buscaba afanosamente una salida a la crisis social e identitaria que asoló la Argentina de la posdictadura.

El ambiente, pues, es el de un país empobrecido por la venalidad de unos gobernantes corruptos; el entorno inmediato el de la familia, como microcosmos opresivo, como lugar de la convivencia imposible donde se muestran ya todos los “tics” y todas la veleidades del poder y de la violencia socialmente organizada.

Pero no hay lugar para la evocación en esta pieza, como en "El álbum familiar", de José Luis Alonso de Santos, ni para el recuerdo o la nostalgia, como en "Nunca estuviste tan adorable", de Javier Daulte, por poner un par de ejemplos de obras que tienen también como trasfondo el tema de la familia; no hay posibilidad ninguna de huida en el tiempo ni escapatoria posible del dominio de la más estricta cotidianidad en la que se debaten, sin esperanza, los personajes. En un presente absolutizado, sin el cortafuegos de la ilusión, de una supuesta realidad mimética en la que se diluya el impacto del crudo y desangelado panorama que el montaje pone al descubierto, asistimos al desmembramiento de una familia, desmembramiento que corre parejo con la desintegración de las identidades individuales de sus miembros sometidos a las tensiones y escaramuzas que cada uno de ellos libra día a día consigo mismo o con quienes le rodean para combatir aquello que coarta su libertad, para neutralizar aquello que entorpece la realización de sus sueños, o para conseguir una posición mas ventajosa desde la que plantear sus exigencias. Y todo ello en una situación límite, donde cada contrariedad, cada malentendido, por nimios que sean amenazan con desestabilizar y hacer saltar por los aires una situación que ya de por sí es casi insostenible.

Con estos mimbres Claudio Tolcachir construye un artefacto dramático ágil, dinámico, de un ritmo trepidante, con escenas chuscas y disparatadas de un humor acre y mordaz y con algunos momentos deslumbrantes, como los que se desarrollan durante la hospitalización de la abuela, y, desde luego, el súbito e inesperado desenlace, que nos deja a todos con un nudo en la garganta. En general el trabajo de actuación es notable; sobresalen, quizá, la patética imagen de desvalimiento que trasmite Marito (Lautaro Perotti), el patetismo de la desnortada Meme (Mirian Odorico) luchando a brazo partido por recomponer los escombros de su feminidad, y la muda impotencia de Verónica (espléndida Inda Lavalle) esforzándose infructuosamente por conservar sus lazos afectivos sin renunciar a su estatus; consigue enervarnos un poco cuando ejerce de buena samaritana pero nos conmueve su decisión, dolorosamente mantenida, de no exponer sus hijos a la influencia maléfica de una familia en descomposición.

Gordon Craig.

Teatro Español. La omisión de la familia Coleman.
Compañía Timbre 4.
Biografía Claudio Tolcachir.

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miércoles, octubre 07, 2009

TEATRO. De la vida de la marionetas. "Guiñol sangriento, o cuando la soledad se hace insoportable".

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De Ingmar Bergman. Con: Antonio Valero, Socorro Anadón, Gabriel Garbisu, Raúl Chacón y Lorena Roncero. Dirección: Jaroslaw Bielski. Madrid. Sala Replika. 6 de octubre de 2009.



Junto a las grandes preguntas sobre Dios, el sentido de la vida, la finitud o la muerte, de clara filiación existencialista y presentes en toda la filmografía de Bergman, figura en lugar preferente el tema de la guerra de sexos, la lucha strindberiana por el poder en el seno de la pareja. De la vida de las marionetas desarrolla un aspecto crucial de esa siempre problemática relación hombre/mujer en el interior del matrimonio: la incomunicación e incomprensión mutuas que conduce a violentas explosiones de cólera, alimentadas por un profundo odio y una irrefrenable pulsión criminal de naturaleza enfermiza que anida en el subconsciente del protagonista.

Peter y Katerina son una pareja de clase acomodada; sin hijos y dedicados en cuerpo y alma a sus respectivas profesiones han llegado al ecuador de sus vidas con la sensación de que su existencia en común ha resultado un fracaso, con la idea de que han dilapidado su tiempo en fruslerías, abandonando lo verdaderamente importante, mientras entre ellos se ha ido abriendo una brecha que se ahonda más y más cada día sin que puedan hacer nada para taponarla y reencontrar la felicidad perdida. La ya de por sí tormentosa relación entre ambos se complica con la influencia nefasta que sobre ambos ejercen Tim y el doctor Mogens, amigos y confidentes de la pareja, y que bajo cuerda mueven los hilos de este tragicómico guiñol.

Un alambicado cóctel de pasiones, rivalidades, frustraciones y desesperación, que Jaroslaw Bielski maneja con inusitada maestría, dosificando los climax, la tensión, el humor ocasional y un torrente de emociones que fluye impetuoso y amenazador hasta su desbordamiento. Al pulso firme del director que mantiene todo bajo control se une la contención de los actores, sin cuyo concurso sería imposible tan buen resultado. Todos sin excepción aportan una variada y rica gama de matices a sus personajes respectivos. Desde el retorcido y sibilino Tim (Raúl Chacón), tras cuyos modales exquisitos esconde un acerbo resentimiento, a la vehemente y atormentada Katarina (Socorro Anadón) o al cínico y sin escrúpulos doctor Mogens (Gabriel Garbisu) de ademán reposado y retórica vacua. Pero sobre todo Antonio Valero, que en un trabajo espléndido, trasmite la angustia del hombre solo, derrotado, plenamente consciente de la imposibilidad de encarrilar de nuevo su relación con Katarina y atenazado por sus impulsos violentos y atrabiliarios. La escena de su entrevista primera con el doctor Mogens es antológica, pero también lo son las escenas finales, revelándose en su actuación algunos aspectos autobiográficos del propio Bergman que su personaje incorpora.

Un magnífico espectáculo, riguroso y elaborado. Una disección en toda regla del alma humana llevada a cabo en esa atmósfera fría y aséptica de quirófano que recrea la escenografía, con muebles de metracrilato bajo la luz blanca e intensa de los proyectores. Y una espléndida oportunidad de ver, de degustar, más bien, en las distancias cortas un notable trabajo de actuación.

Gordon Craig.

Sala Replika.

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sábado, septiembre 26, 2009

TEATRO. Hotel Paradiso. "'Elm street’ en el Tirol".

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Creación de Anna Kistel, Sebastián Kautz, Thomas Rasher y Frederick Rohm, Hajo Schüler y Michael Vogel
Con: Anna Kistel, Sebastián Kautz, Thomas Rasher y Frederick Rohm.
Dirección: Michael Vogel.
Madrid. Teatro de La Abadía. 26 de septiembre de 2009.



En momentos como los que estamos atravesando caracterizados por la masificación mediática, por la apabullante presencia de la tecnología y por la tiranía de lo espectacular, uno agradece ver un montaje teatral fruto de un trabajo decididamente artesanal; un espectáculo sustentado en un concepto de teatro que no reniega de su origen primitivo, arcaico, o por decirlo con palabras de Enzo Cormann, un teatro que encuentra su necesidad en su arcaísmo, en lo que constituye una bolsa de resistencia al “todo maquínico” que amenaza con engullirnos.

Cómo lo diría, asistir a los espectáculos de esta troupe de cómicos, de esta gran familia que es Familie Flöz, y a éste último en particular, constituye una auténtica liberación. Y no sólo por el humor que destila, un humor fresco, rozagante y un pelín macabro, que constituye siempre una eficaz válvula de escape para nuestras preocupaciones cotidianas; mientras asistimos hipnotizados a las peripecias de estos personajes inverosímiles escondidos tras esa deformes máscaras de cartón y nos colamos en su pequeño mundo -que es el nuestro-, de mezquindades, de renuncias y de sueños, podemos bajar tranquilamente la guardia, relajar la tensión con la que de continuo nos enfrentamos a ese dominio de la mistificación, de la hipocresía y de la sospecha que es el dominio de la palabra. Y es que, paradójicamente las máscaras que cubren el rostro de los actores no enmascaran la realidad de los afanes, sentimientos y emociones de los personajes; antes bien se nos aparecen transparentes, diáfanos desposeídos de la verdadera careta, de esa casi segunda naturaleza que nos fabricamos a medida en lo que decimos.

Por lo demás encontramos el mismo mobiliario ajado y marchito que en piezas anteriores, la misma reiteración en los gestos de una cotidianeidad tediosa e inane, interrumpida esporádicamente por la intrusión de lo extraordinario, las mismas ilusiones rotas. La compañía derrocha el mismo rigor que siempre en el trabajo corporal para incorporar la máscara, para conferir una cierta verosimilitud a esas fisonomías imposibles, de una expresividad siempre turbadora e inquietante tras la mirada de unas cuencas vacías y la inmutabilidad de unas facciones deformes. El mismo ritmo trepidante, la sorpresa constante, el gag de la mejor factura; y la misma atmósfera de nostalgia por un mundo preterido que languidece en el recuerdo o que reaparece en las pesadillas de los vivos tamizado por una luz espectral y acentuado por el triste sonido del acordeón.

Gordon Craig.


Teatro de la Abadía. Hotel Paradiso.

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